|

El arte de honrar a nuestros «viejitos»

La vejez no es una enfermedad, es un estado de la vida que requiere una dosis extra de ternura
El arte de honrar a nuestros «viejitos»

El arte de honrar a nuestros «viejitos»-. En la vida moderna, donde el éxito se mide en productividad y el tiempo parece una moneda escasa, hemos empezado a descuidar uno de los pilares fundamentales de nuestra humanidad y es la gratitud hacia nuestros padres en su etapa de vejez.

A menudo olvidamos que esos adultos que hoy caminan lento o repiten la misma historia por quinta vez en la tarde, fueron los mismos que nos sostuvieron cuando dábamos nuestros primeros pasos y quienes, con una paciencia infinita, nos enseñaron a descifrar el mundo.

Muchos hijos hoy ven la atención a sus padres ancianos como una «obligación» o, peor aún, como una interrupción en sus agendas. Sin embargo, el amor hacia los padres en la senectud no debería nacer del deber, sino del reconocimiento.

Cuidar de un padre o una madre anciana es, en esencia, un acto de justicia poética. Es devolver el amor cuando ellos ya no pueden «producir» nada para nosotros, más allá de su simple y valiosa presencia. Es entender que la vulnerabilidad que ellos muestran ahora es la misma que nosotros tuvimos al nacer.

Leer también: La libertad reside en tu derecho a escoger en qué creer

A veces caemos en el error de pensar que «amar» a un padre anciano es simplemente asegurar que tenga sus medicinas, comida y un techo limpio. Si bien eso es necesario, pero el amor que ellos realmente necesitan es emocional, hacerles sentir que siguen siendo importantes y que su sabiduría aún tiene lugar en nuestra mesa.

La forma en que tratamos a nuestros padres ancianos es el legado más claro que dejamos a nuestros propios hijos. No solo les enseñamos a ser mejores personas, sino que estamos diseñando el mapa de cómo querremos ser tratados nosotros en el futuro.

La vejez no es una enfermedad, es un estado de la vida que requiere una dosis extra de ternura. Un abrazo a tiempo, una llamada sin prisas y una mirada llena de afecto son, quizás, los mejores medicamentos que podemos recetarles.

EO// Redacción: Victor Rojas