
Crónicas de un hallazgo inesperado, cuando la honestidad es tu mejor carta de presentación-. La mañana se abrió al radiante sol, con un cielo despejado comenzaba la mañana, llena de la esperanza que anuncia que todo lo bueno es posible, porque Dios está conmigo, 10 minutos transcurrieron desde que me levanté de la cama, y caminé a la cocina para prepararme un café.
De repente siento que algo no está bien, me detengo justo frente a la cafetera a pensar, y lo recuerdo, ¿mi teléfono, dónde está?, mi despertador no sonó, entonces corro por el pasillo hasta mi habitación y echo un primer vistazo, luego miro bajo la cama, levanto las almohadas, reviso el baño y hasta la nevera.
No lo conseguí, mi teléfono es mi computadora de trabajo, y lo perdí, me preguntaba si alguien fue capaz de abrir mi bolso y sacarlo de allí mientras caminaba de regreso a casa, el día anterior. Pero no tenía respuestas, no sabía que había pasado con mi teléfono, lo único que sabía era que mi teléfono no estaba y yo lo necesitaba.
Llegué esa mañana al trabajo con la certeza de que jamás volvería a ver ese aparato mío, que lleva conmigo 6 años, y además tenía mi estampita de San José Gregorio Hernandez, tenía otro telefono y no lo usaba, nunca me adapte a él. Me acostumbre a ese teléfono, ¡vaya que lo hice mío!, ese teléfono representaba algo más que un simple aparato tecnológico, mi bloc de notas es mi diario personal y mis historias están escritas allí.
Te puede interesar: Ha comenzado el último tango
No era la primera vez que eso me sucedía, he dejado el teléfono en todas las partes posibles; en un carrito de supermercado, en el baño de un restaurante chino, en el carro de una vecina, en el bolsillo de mi novio, así que de tantas veces, esta seguramente sería la definitiva para el adiós. ¿Cómo puede un aparato volverse parte de uno?, y no digo que sea lo más importante, ¡vamos es solo un teléfono!, pero el teléfono estaba cargado fotos y escritos que me pertenecían y no estaba preparada para desapegarme de esas historias.
La llamada de las 11:35 lo cambió todo, una compañera de trabajo insistió en llamar a mi número telefónico yo desanimada no quise hacerlo, si alguien lo tomó, obviamente no va a contentar, dije mientras ella marcaba, del otro lado alguien respondió, con una voz tenue ¡alo! y yo me alcé, hasta me levanté del escritorio le arranqué el teléfono a mi compañera de las manos y dije en tono de altivez «dejé ese teléfono en el supermercado», lo había recordado todo de golpe, entonces ya sabía hasta donde lo había dejado, ¿quien lo tiene?, pregunté, la respuesta, me sorprendió, verán no es común que pasen estas cosas, casi siempre alguien encuentra algún objeto y no lo regresa sea cual sea la circunstancia, suele suceder que si algo se extravió no lo vemos regresar, pero esto era diferente. Venga a buscar su teléfono, lo tenemos en el departamento de objetos recuperados.
Lee también: Tu espacio de trabajo habla de ti más de lo que piensas
Bajo la lluvia iba camino a ese lugar donde me garantizaban la devolución de mi teléfono, aunque el cielo teñido de gris pronosticaba un panorama oscuro, mi felicidad hacía de colores el camino anegado hacia ese lugar. Al llegar ya sabían quién era yo, habían revisado las cámaras para saber de quién era el teléfono encontrado, así que me recibieron con lo que me pertenecía en las manos y un amable saludo de sonrisa y todo.
Eduardo Lopez, era el nombre del hombre encargado del departamento de seguridad, un guaritero de 43 años, que después de formar parte de la policía del estado, estaba cumpliendo una nueva labor en un reconocido supermercado de la ciudad de Maturín, desde donde fomenta valores como la honestidad, el trabajo en equipo, la empatía y el respeto a las familias que van como clientes a este supermercado.
Esta historia es real y aunque solemos dudar de las personas desconocidas, a veces debemos abrir nuestros corazones y confiar en el prójimo. No conozco al señor Eduardo de toda la vida, pero ese día supe tanto de él, solo por el gesto de la devolución de mi equipo telefónico, porque la honestidad es nuestra mejor carta de presentación.
Periodista: Blaximar Bolívar
