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La deuda ética con la neurodiversidad dentro de las aulas

La verdadera excelencia académica no sirve de nada si no viene acompañada de la excelencia humana para incluir a todos por igual

La deuda ética con la neurodiversidad dentro de las aulas-. La escuela es el sitio donde cada niño debe descubrir su potencial. Sin embargo, para muchas familias con niños que presentan condiciones como Autismo o TDAH, la escuela se convierte a menudo en un lugar de lucha constante. Es preocupante que en pleno siglo XXI, la mayor barrera para un estudiante no sea su propia condición neurológica, sino la falta de ética y preparación de quienes están al frente del aula.

El problema comienza con el uso ligero de etiquetas que marcan de por vida. Es común escuchar en los pasillos escolares términos como “tremendo” o “malo”. Estas no son simples descripciones, son sentencias que moldean la identidad del niño.

 Cuando un docente, que representa la autoridad, etiqueta a un alumno, le está poniendo un blanco en la frente. Esa palabra permite implícitamente al resto de la clase a señalarlo y excluirlo, convirtiendo el espacio educativo en un terreno fértil para el bullying que puede dejar cicatrices por años.

Esta falta de ética suele ir acompañada de la carencia de una perspectiva profesional y un enfoque médico o psicólogico. Muchos docentes prefieren quejarse del comportamiento visible antes que preguntarse qué hay detrás de esas acciones. La diferencia entre una maestra por vocación y una que solo cumple un horario radica en la sensibilidad, mientras una ve una molestia, la otra detecta una señal de alerta y tiene la humanidad de sugerir una evaluación médica con respeto.

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Tristemente, la exclusión se utiliza a veces como una herramienta pedagógica errónea. Apartar a un niño en una mesa, alejarlo de sus compañeros porque no sabe gestionar una emoción o porque no comprende las normas sociales, no es enseñar, es segregar. La pedagogía del castigo y el aislamiento solo profundiza las grietas en la comunicación y destruye la autoestima de quienes más necesitan guía.

Es inaceptable que profesionales que deberían estar preparados para la diversidad carezcan de la paciencia más básica. No se trata de exigir que cada maestro sea un neurólogo, pero sí de exigir que cumplan con un código de ética que prohíba el trato despectivo.

 Un niño que no se queda quieto no siempre es desobediente, y un niño que se aísla no siempre es apático, a menudo son pequeños valientes intentando procesar un entorno que les resulta abrumadoramente ruidoso o confuso.

Como sociedad, debemos alzar la voz para exigir una formación obligatoria y real en neurodiversidad. Necesitamos aulas que sean verdaderos refugios, donde la diferencia sea vista como una característica y no como un defecto. Los complejos educativos tienen una deuda pendiente con estos niños, la deuda de sustituir el juicio por la observación y el rechazo por la adaptación.

Debemos entender que nuestros niños neurodivergentes van contra corriente cada día en un mundo que no fue diseñado para ellos. Lo mínimo que merecen es que la escuela sea ese puerto seguro donde, por fin, alguien decida ver más allá de la superficie y entender que ser diferente no es ser malo.

EO// Redacción: Lennys Fernández