Cuando dejamos de mirar las diferencias externas y empezamos a valorar la fe y la esperanza que el otro lleva dentro, nos acercamos más a la verdadera voluntad de Dios

Dios no ve el color de piel ni la vestimenta, solo la fe en nuestro corazón-. En un mundo cada vez más dividido por etiquetas, fronteras y doctrinas, a menudo olvidamos que el corazón humano busca, en esencia, lo mismo: una conexión con lo trascendente. El respeto a las creencias ajenas no es solo una norma de convivencia civil; es un reconocimiento de la chispa divina que habita en el otro.
A veces nos perdemos en las formas. Nos fijamos en cómo viste alguien para orar, en qué idioma invoca a la divinidad o qué rituales sigue. Sin embargo, si partimos de la premisa de que todos somos hijos de Dios, entendemos que la mirada del Padre es muy distinta a la nuestra.
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Respetar no significa necesariamente estar de acuerdo con cada punto doctrinal del otro. Significa entender que cada alma tiene su propio proceso y su propio diálogo con Dios. Al final del día, todos somos hermanos caminando bajo el mismo cielo, buscando el regreso a casa.
Cuando dejamos de mirar las diferencias externas y empezamos a valorar la fe y la esperanza que el otro lleva dentro, nos acercamos más a la verdadera voluntad de Dios. Porque para un Padre, no hay nada más gratificante que ver a sus hijos amarse y respetarse, reconociendo que, en el fondo, todos somos parte de la misma familia divina.
EO/// Redacción de: Heidi Campos
