Ya es hora de entender que las paredes de la ciudad no son retretes y que nuestra cultura debe estar a la altura de la sociedad que deseamos construir

La ciudad no es un baño: El urgente desafío de la cultura ciudadana-. Caminar por nuestras calles debería ser una experiencia de convivencia y respeto, pero lamentablemente, escenas como la de un hombre orinando contra una pared en plena vía pública —a plena luz del día y bajo la sombra de un árbol o una esquina de una plaza que debería ser para el disfrute de todos— se han vuelto parte del paisaje urbano. Lo que es más preocupante no es solo el acto en sí, sino la normalización social de una conducta que es, por definición, una falta de respeto al espacio común.
Es frecuente escuchar la justificación de que «no había un baño cerca» o que «era una urgencia». Sin embargo, esta premisa es el primer obstáculo para el progreso. El civismo no se trata de actuar correctamente solo cuando es cómodo, sino de mantener la integridad de lo público incluso en la dificultad. Orinar en la calle no es un acto inocuo; es una agresión estética, sanitaria y moral contra la comunidad.
Las calles se convierten en focos de malos olores y focos de infección. El espacio público es una extensión de nuestro entorno de vida, no un vertedero. Un muro manchado y el olor persistente degradan el valor de la propiedad y el atractivo de los vecindarios.
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Avanzar como sociedad requiere dejar atrás la mentalidad de que «la calle no es de nadie». Por el contrario, la calle es de todos, y precisamente por eso merece un cuidado superior al de nuestra propia casa. La evolución de una ciudad no se mide solo por sus edificios o su tecnología, sino por la calidad de sus ciudadanos y el respeto que muestran hacia sus semejantes.
No podemos aspirar a ser «mejores ciudadanos» si no somos capaces de controlar impulsos básicos en favor del bienestar colectivo. La civilidad comienza donde termina el egoísmo del «yo necesito» para dar paso al «nosotros merecemos un espacio limpio».
Para erradicar este hábito desagradable y asqueroso, se necesita un enfoque de dos vías:
- Responsabilidad Individual: Debemos dejar de mirar hacia otro lado. La presión social y el rechazo a estas conductas son herramientas poderosas para desincentivar el acto.
- Gestión Pública: Es imperativo que las autoridades locales provean y mantengan baños públicos accesibles y limpios, eliminando así cualquier pretexto, y que se apliquen con rigor las sanciones correspondientes a quienes infrinjan las normas de convivencia.
Asimismo, mantener nuestra ciudad limpia es una tarea compartida. Ya no podemos permitir que la desidia le gane al respeto. Dignificar el espacio público es, en última instancia, dignificarnos a nosotros mismos. Ya es hora de entender que las paredes de la ciudad no son retretes y que nuestra cultura debe estar a la altura de la sociedad que deseamos construir.
EO// Redacción: Victor Rojas
