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La salud mental de los padres frente a la neurodivergencia

Detrás de cada niño con una condición, existe una estructura emocional que sostiene, lucha y a menudo, se quiebra en silencio
La salud mental de los padres frente a la neurodivergencia

La salud mental de los padres frente a la neurodivergencia-.  La crianza neurodiversa no solo demanda recursos y paciencia, sino que somete a los padres a un desgaste psicológico que la sociedad, rápida para juzgar y lenta para ayudar, suele ignorar por completo.

La maternidad y la paternidad se idealizan con frecuencia como procesos de guía natural, pero cuando llega un diagnóstico, el mapa desaparece. Para estos padres, el día a día no es una rutina, sino una gestión constante de crisis, terapias y una búsqueda incansable de respuestas que no siempre llegan a tiempo.

El esfuerzo de estos cuidadores es gigante e invisible para el ojo externo. No se trata solo de llevar a un hijo a una consulta; es la carga mental de anticipar estímulos, gestionar colapsos sensoriales y convertirse en expertos en áreas médicas y pedagógicas que nunca pidieron estudiar, pero que hoy son su pan de cada día.

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Uno de los golpes más duros no viene de la condición del hijo, sino de la mirada del extraño. En espacios públicos, un niño que se desregula a menudo sé tilda de “malcriado”, y sus padres como “incapaces”. Ese juicio externo actúa como una soga que aprieta la ansiedad de quienes ya están haciendo lo humanamente posible.

La sensación de pérdida de control es constante. Por más que se planifique, existen momentos donde las herramientas parecen insuficientes y el entorno se vuelve hostil. Sentir que no tienes el mando sobre la situación de tu propio hijo genera una frustración profunda que erosiona la autoconfianza de cualquier padre, derivando muchas veces en un aislamiento social preventivo para evitar el escrutinio público.

En esta carrera de resistencia, la salud mental de mamá y papá suele quedar en el último peldaño de las prioridades. Es común que ellos mismos no logren gestionar sus sentimientos de tristeza, miedo o agotamiento, porque «no hay tiempo para estar mal» cuando alguien más depende totalmente de su fortaleza. El aislamiento emocional es una realidad en lugares, donde los grupos de apoyo pueden ser escasos.

Muchos padres terminan sintiéndose solos en una isla, cargando con la culpa de no sentirse «lo suficientemente fuertes» o de desear un respiro que la realidad les niega. Es vital que empecemos a cuidar a quienes cuidan. Validar sus emociones es el primer paso para que estos padres recuperen su bienestar y sigan siendo el pilar sano que sus hijos necesitan.

EO// Redacción: Lennys Fernández