|

​Maturín: Entre la expresión artística y el respeto a lo ajeno

El respeto por las fachadas de Maturín es el reflejo de una educación ciudadana que aún tenemos pendiente por fortalecer

​El Rostro Visual de Maturín, entre la Expresión y el Respeto-. Caminar por las calles de Maturín nos enfrenta a una realidad visual, las paredes hablan, pero no siempre dicen lo que queremos escuchar. Observamos constantemente marcas en las fachadas que nos obligan a preguntarnos dónde termina la libertad de expresión y dónde comienza el irrespeto al espacio ajeno o publicó. Esto define hoy gran parte del paisaje urbano de nuestra capital monaguense.

​Existe una distinción clara que no podemos ignorar. Por un lado, el muralismo organizado tiene la capacidad de transformar un muro gris en una pieza de arte que genera orgullo y sentido de pertenencia. Sin embargo, lo que vemos con frecuencia en locales y paredes limpias son formas y firmas en desorden, que lejos de comunicar una idea artística, generan una sensación de desorden.

​Resulta difícil catalogar estos rayados espontáneos como expresión cultural o artística. Si bien el arte es subjetivo, la belleza y el orden tienen un impacto en nuestra calidad de vida. Un mural bien ejecutado puede ser un regalo para la vista, pero una firma con aerosol en una pared se percibe sinceramente, como algo feo y descuidado que resta valor al esfuerzo de quienes mantienen sus espacios.

​Todo acto público es un mensaje y cuando un joven decide rayar una propiedad privada o pública sin un propósito estético claro, el mensaje que llega es de rebeldía o falta de educación. No se trata de estar en contra de la creatividad juvenil, sino de defender el derecho de todos a convivir en un entorno que se sienta limpio y armonioso.

Leer más: Conoce los límites de la solidaridad para no agotarte

​ El verdadero artista busca que su obra se una con el entorno y sea respetada por la comunidad. Por el contrario, el vandalismo solo busca visibilidad a costa del patrimonio de los demás. En Maturín, una ciudad que busca modernizarse y crecer, este tipo de acciones actúan como un freno que nos hace sentir que el respeto por lo común se está perdiendo.

​Para cambiar esta realidad, es necesario fomentar una cultura de respeto desde el hogar y la escuela. Podrían promoverse espacios específicos donde el talento con el aerosol sea guiado hacia el muralismo real, permitiendo que la energía creativa se convierta en color en lugar de manchas. Si logramos que los jóvenes entiendan que una pared es un compromiso con el vecino, empezaríamos a ver menos nombres vacíos y más obras que realmente nos representen.

​ Cuidar la piel de nuestra ciudad es tarea de todos. Maturín tiene el potencial de ser un ejemplo de orden y belleza en el oriente venezolano, pero eso requiere que aprendamos a distinguir entre el arte que construye y el vandalismo que degrada. Debemos recordar que una pared limpia es también una forma de comunicación, nos dice que en ese lugar vive gente que respeta, que valora su esfuerzo y que ama profundamente el suelo donde camina.

EO// Redacción: Lennys Fernández