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Las colas panaderas

Opinión Escrito por  Ana Anka Marzo 14 2017

Estamos reaprendiendo. En situaciones de crisis, los seres humanos generamos mecanismos que nos permiten sobrepasar aquello que nos afecta, creando nuevas formas de subsistencia y ello determina avances que en la genética quedan impresos para bien de futuras generaciones; en este caso, el alimento es esencial porque representa la posibilidad del crecimiento físico, a la par de fortalecerse el intelecto y con ello determinar el individuo, sus coterráneos en los ámbitos sociales, cuánto los ha favorecido un entorno para conservarlo, es decir, ese conocimiento le permite mantener una conciencia crítica.

Nuestros ancestros vivieron por ello siglos y siglos aprovechando las riquezas de los suelos y las aguas, protegiendo siempre el hábitat donde se encontraban. Intervino aquí el elemento depredador que asoló no solo el componente natural, sino que diezmó la población e implantó costumbres propias de su lugar de origen u otras asumidas desde los constantes avances de dominio en otras tierras. Allí en esa intervención, y así ha sido a lo largo de los años, quienes han imperado a sangre y fuego traen consigo una cartilla para “instruir” a quienes someten, sea esta cartilla de carácter religioso, moral o de cuantos elementos deformadores requieran para cumplir su propósito de dominio.

Nosotros somos seres de maíz, de papa y otros tubérculos; si bien en algunos lugares el trigo creció antes, los cultivos nuestros no incorporaban ese grano como un alimento esencial, por lo que este fue siempre importado casi en su totalidad.

En cambio, el maíz imperó como un baluarte alimenticio y hoy observamos con alegría, cómo resurge su consumo en el conjunto de la población, mas, no de la forma como fue inducido en la refinada harina precocida de aquella empresa plagiadora de una creación autóctona, sino en su forma natural, desde el grano en la mazorca que cada día vemos acrecentarse en los puestos de venta en la calle, en los sacos de maíz arrimados a los mercados, en las historias de quienes (re)descubrimos la molienda en casa para elaborar las arepas con una masa integral, que no tiene tantos componentes químicos del “refinamiento”, sino posiblemente aquellos vertidos en la siembra y cuido para el logro de la cosecha.

El gobierno bolivariano implementa ahora un conjunto de planes para acrecentar la elaboración de los panes en las comunidades, lo cual paradójicamente aplaudimos por cuanto ello también determina que parte de ese mercado en manos privadas, con alto nivel de especulación, será arrancado de su égida, a la par que nuestro pueblo tendrá más experiencias propias de producción, distribución y mercadeo de bienes en ámbitos colectivos, dirigidos y coordinados desde sus instancias de gobierno popular existentes (claps, consejos comunales, Ubch,Clp u otros). Lo que sí es necesario, como lo señala el poeta barinés Leonardo Ruiz desde su cuenta en Facebook hace poco, es que se hace necesaria también la creación de pequeñas y medianas empresas en manos del pueblo que además de tener garantizada la materia prima (el maíz), reciba asesoramiento técnico y administrativo, equipamiento y demás elementos para la instalación de molinos en las comunidades, lo que permitiría contrarrestar esas despiadadas colas en los comercios panaderos, que aprovechan el arrime del trigo con dólares favorecidos, mientras elaboran costosos productos y someten a la población a la espera impaciente, para suministrarles pocas unidades de un pan de escasos nutrientes, como se observa en la calidad final de las canillas u otras formas en que elaboran el pan de trigo, alejado cada vez más de aquellos productos que conocimos años atrás cuando las panaderías eran otra cosa.

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